Enfermos de poder
Fernando BalsecaTodavía esperamos que en el gobierno actual se produzca una real modificación en el concepto y uso del poder. Lo novedoso que anhelamos no es la obsesiva propaganda gobiernista sobre cómo se van concretando algunas ofertas de campaña, pues esto mismo, con otros matices, han hecho las administraciones anteriores. La revolución se concretará cuando la razón de poder deje de ser el cerebro de la acción gubernamental, una de cuyas expresiones odiosas es la posición de creer que la culpa de los males del país la tienen otros. Estar al frente del Ecuador es una situación de privilegio que exige humildad.
En su forma y fondo el gobierno del presidente Rafael Correa no consigue diferenciarse radicalmente de la partidocracia que lo precedió porque sigue utilizando el poder para arremeter contra quienes no piensan ni actúan como él. León Febres-Cordero decía: no habrá diálogo mientras no se depongan las medidas de hecho; Abdalá Bucaram decía: no habrá diálogo mientras continúen los paros y huelgas; Lucio Gutiérrez decía: no habrá diálogo mientras no finalicen las protestas populares. Rafael Correa, a medias sosegado el miércoles por la noche, dice: depongamos posiciones y podremos dialogar; pero durante toda la semana se había negado al diálogo por los reclamos callejeros.
Y, por increíble que suene, esta misma cantaleta –la razón de poder– fue sostenida por los transitorios secretarios de Estado Patiño, Soliz, Carvajal, Jalkh y Vallejo: ¿cómo dialogar si el otro tiene un garrote en la mano? Pues sí, para eso ellos se han encaramado en el poder: para servir sin condiciones, para dialogar frontalmente, para solucionar activamente los conflictos, para deponer primero las posturas que hacen ruido en la vida social. Están para garantizar la tranquilidad en el país y para reflexionar sobre su responsabilidad de por qué el otro tiene un palo en la mano.
Bajo cualquier circunstancia las armas antimotines estatales son mortíferas. Por eso no se entiende cómo los críticos de ayer olvidan el fundamento agresivo que sostiene al Estado. Es obligación de los representantes del poder, si pretenden asumir un rostro revolucionario, conversar con el otro bajo cualquier circunstancia en la perspectiva de resolver inmediatamente los problemas. Para eso están: para reparar y no para atizar el fuego en nombre de la autoridad cuando lo que entronizan es el autoritarismo. Los violentos son los detentadores del poder marcados por la desidia y la arrogancia. Es penoso que los revolucionarios se parezcan a quienes ellos antes despreciaron.
¿Ha llegado la triste hora de reconocer que, bajo cualquier régimen político, el poder siempre es brutal? La idea de que en la revolución ciudadana el poder es nuestro es un malabar más del mercadeo palaciego, pues aun los autoproclamados socialistas necesitan reprimir, echar gases, dar toletazos y hasta meter motos en los colegios para perseguir, apresar, amenazar, y, lo que es más grave, mantener esa detestable posición de que mientras los otros no bajen el tono, yo, que represento a la majestad del poder, no voy a ceder. Estas prácticas evidencian que no habrá revolución mientras la humildad (¿la democracia?) no se enraíce en quienes afrontan tareas de gobierno. Para curar esta patología, además, los dolientes deben admitir que están enfermos de poder.
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