29 septiembre, 2009

Cronicas de un dia Paranoico


Ya que el autor no tiene blog desde aqui le hago llegar mi agradecimiento por dejarme compartir el escrito desde aquí.


Abro la puerta de mi casa, y me preparo a enfrentarme con una ciudad llena de peligros. Sólo entre esas cuatro paredes y ese techo me siento tranquilo, seguro… Claro, luego de haberlas forrado con más metal que el de la Torre Eiffel. Desconecto la alarma de mi hogar, abro uno, dos, tres, cuatro picaportes, hago rodar tres llaves y estoy afuera. Siento una especie de “despresurización”, o mejor dicho “desegurización” al abrir la pesada puerta de fierro y mirar hacia la calle. “Esos que pasan en moto son ladrones”, “mmm, ese tipo sentado frente al parque se ve sospechoso”, “¿tres tipos en un Corsa, o un Spark, o cualquier carro? Secuestradores exprés”… Esos pensamientos transitan por mi cabeza acompañados de un escalofrío que recorre mi espina. La calle por la que camino, esa misma calle donde correteaba de pequeño atrás de un balón, pilar de la sentencia “este barrio es tranquilo”, se ha convertido en campo minado, terreno inhóspito, irreconocible.

Camino hacia la esquina a esperar el bus que me llevará a mi trabajo: media hora de potencial riesgo de asalto a mano armada. “Bien, damitas y caballeros…”, anuncian dos jóvenes que han sorteado el sensor y se aprestan a vender caramelos… ¿o a robar? Saco enseguida mi monedita de 25 centavos, preparada expresamente para estos acontecimientos, y la entrego a cambio de un puñado de caramelos que ni me gustan. Sólo cuando se bajan, los demás pasajeros empiezan a reclamar y a expresar su rechazo inútil hacia estos sujetos, que ya han subido a otro bus con su mismo cántico. Yo callo y observo. Observo a todos lados. Mi experiencia en dos asaltos anteriores me ha dado las señales para “detectar la presencia del enemigo”: camisetas anchas, gorras, gafas de ser posible, en grupos de a dos o tres que se sientan atrás, tasando a sus víctimas como los antiguos mercaderes de esclavos, esperando el momento preciso para dar el golpe. Sueño con invulnerabilidad, visión de rayos X o al menos invisibilidad para salvarme de sus garras, del arma que banderean en las narices de los infortunados pasajeros, de la impotencia que nos produce el tener delante a otro ser humano blandiendo un pedazo de fierro y pólvora, del… ah, ya llegó el momento de bajar. Por ahora, y hasta que no cruce la puerta de mi trabajo, estoy salvado.

El reloj marca la hora de salir. Nuevamente siento la “desegurización” cuando el guardia me abre la puerta hacia la calle. Camino a pasos rápidos, mirando a todos lados, perdiéndome entre la multitud de la Nueve de Octubre. Aferro mi bolso como si mi vida dependiera de ello; no vaya a ser que algún astuto me lo arrebate, y con él perdería todos los (pocos) objetos de valor con los que vivo. Dejé de guardarme el celular en el bolsillo porque a veces debo tomar la Metrovía, y entre tanta chamuchina es fácil que un ‘dedos de seda’ me lo birle. Así avanzo, a trancos largos, larguísimos, como huyendo de un monstruo oscuro que aparece al caer la noche. Con el corazón en la boca cada vez que pasa algún incauto corriendo detrás de mí, con el corazón en la boca cuando se me acerca alguien a pedir caridad o venderme algo, con el corazón en la boca en todo momento… Esta sensación (o percepción, como la dio en llamar el Ministro Muppet) atrae paradojas: la presencia de un patrullero policial, que antes me provocaba tanta repulsa por esto de “mucha policía, poca diversión”, ahora me conforta. Pero no hay, pues, tantos chapas para custodiar cada esquina, cada bus, cada taxi, cada ciudadano. Y plata para contratar un guardaespaldas, ni hablar…

Se me hizo tarde para llegar a una cita, a pesar de mis trancos largos, larguísimos. Debo tomar un taxi obligatoriamente, pero es difícil escudriñar los rostros de sus choferes cuando pasan raudos frente a mí. Trato de seguir la recomendación que han dado los medios: taxi amarillo, placa naranja, matrícula azul en la puerta, pero luego recuerdo que los delincuentes clonan los vehículos legales y me aterrorizo al arrellanarme en el asiento. “El cinturón, por favor”, me indica el chofer, quizás para tenerme atado y servido al rato del secuestro. Voy recitando todas las oraciones que me sé y las que no me sé, cuando diviso un Chevrolet Corsa (no es nada contra la marca gringa, sólo que sus “cómodos planes de financiamiento” han hecho de sus carros las mejores herramientas del hampa) que nos sigue despacio. Por el retrovisor trato de distinguir a sus ocupantes: dos hombres. Empiezo a palidecer, a sudar, a apretar, esperando el popular “quieto chuchetumadre” y el cañón frío en el cuello como quien espera la caída libre de una montaña rusa. El Corsa nos sigue dos calles más y luego se pierde en una intersección. Suspiro de alivio. Llego a mi destino a salvo, y me reúno con mis amigos. Entre todos cocinamos las siguientes dos horas, variopintas historias de asaltos, robos, secuestros, violencia en la ciudad. “A mí me robaron el celular el otro día, en pleno centro”; “a la tía de Fulano la secuestraron la semana pasada y la dejaron botada por la Perimetral”; “ya no hay cómo vivir, a la cuñada del sobrino de Mengano la mataron por no dejarse asaltar”. Mi paranoia, ¡bon appetit!

Quedamos en sobornar amistosamente a un compañero para que nos haga “expreso” en su vehículo, pagándole lo mismo (o bueno, un porcentaje un tanto menor) de lo que pagaríamos en un taxi. Accede, pero su carro tampoco me da confianza. Es un Nissan modelo anterior al 2000, que dicen que son “carne fresca” para los pillos, así que voy tieso del susto todo el camino hasta mi casa. Después de divisar diez carros con presuntos secuestradores, que al final se perdieron en otras direcciones, al fin llego a mi hogar, mi capullo, mi santuario. Hago girar tres llaves, abro uno, dos, tres, cuatro picaportes y la pesada puerta de acero, detrás de la cual me reclino y musito “llegué sano y salvo, gracias a Dios”. Pero es por hoy, sólo por hoy. Mañana, es otra historia...

2 comentarios:

P@lmogala dijo...

juajuajua yo pensaba que era una historia counter, al final de la historia, el dice y me aprestaba a seguir jugando counter, juajuajua

Anónimo dijo...

super chevere!!! vivir el pan nuestro de cada día >.<! lleno de estrés. =S

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