10 mayo, 2009

Respecto a Lucio VS Correa

Insultocracia
Francisco Febres Cordero


La revolución ciudadana nos tenía prometido acabar con los vicios de la vieja política e inaugurar una era luminosa. Parecía que un lenguaje del todo remozado iba a imperar en medio de un inteligente debate de tesis y de la promoción de sueños inéditos que nos conducirían al paraíso de una patria que, por fin, sería de todos. Al fin y al cabo, había llegado a la presidencia de la República un hombretón joven, académicamente preparado que, con sus flamantes ejecutorias, estaba listo a sepultar las mañoserías de una partidocracia infame a infamante que puso en evidencia sus prácticas siniestras durante toda la larga noche neoliberal.

Sin embargo, poco a poco el mandatario se fue revelando como un orador tan locuaz como furibundo, que luego de cada intervención enriquecía el diccionario de la vieja política con vocablos que, hasta entonces, habían permanecido vedados para aquellos que no fueran unos malandrines barriobajeros: de la casa de la verga sistemáticamente envió a sus oponentes a visitar otras mansiones, muchas de las cuales estaban edificadas en los suburbios de la escatología.

Ya sobre las tarimas o detrás del escritorio itinerante en que se parapeta cada sábado para bombardear al país con sus largas alocuciones, el Presidente ha ido revelándose como el más digno cultor de esa antigua verborrea usada por liderzuelos de poco más o menos, diputados de viejo cuño o caudillos que ensordecieron al populacho con sus denuestos y lo mantuvieron en un estado de jolgorio permanente al descubrir la manera en que los oponentes podían ser sepultados bajo una andanada de insultos, para la utilización de los cuales entraban en juego, indistintamente, el ingenio, la procacidad y la calumnia.

Sábado a sábado, quienes habitamos en el reino de la revolución ciudadana hemos escuchado a esa voz tonante arremeter contra todos aquellos que no juegan el rol que el primer mandatario quiere asignarles: el de obsecuentes, fieles, ciegos cumplidores de sus designios. Dirigentes gremiales, indígenas, políticos, profesionales de las más distintas ramas, curas, mujeres, periodistas, estudiantes, maestros, burgueses, banqueros, organismos nacionales e internacionales y un larguísimo etcétera de ciudadanos (y ciudadanas) han merecido los epítetos más descalificadores sin que, muchas veces, haya mediado otro pretexto que el afán confrontacional del Presidente, que no se detiene en puntualizar hechos, sino que apela a bastas generalizaciones soltadas con una pequeña dosis de ironía y una enorme carga de maldad.

En estos últimos días hemos escuchado, atónitos, cómo el Presidente y quien pomposamente se autocalifica como el líder de la oposición, se han trenzado en una pugna verbal tan pestífera como inútil, en que han sido puestas en duda honras ajenas y hasta han sido removidas de sus tumbas personas que merecen que les dejen descansar en paz, en una fehaciente demostración de que la insultocracia continúa siendo parte sustancial de esa forma truculenta y bastarda de asumir la política.

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